Recientemente ha saltado una noticia que ha causado un cierto revuelo dentro del mundo de la geomática, y que incluso ha saltado tímidamente a algún diario de la prensa denominada generalista: Steve Coast ha sido fichado por Microsoft. Steve Coast, por si algunos no saben quien es, tiene en su currículum el haber sido el iniciador del excelente proyecto para generar cartografía colaborativa y libre de restricciones de uso Open Street Map (OSM).
Cuando leí la noticia, la verdad, no le di gran importancia y lo vi como un movimiento más en la guerra entre Microsoft y Google. Google ha sacado partido -y mucho- al área de la información geográfica; una parcela donde Microsoft nunca había prestado atención. Con el fichaje de Steve Coast se ha hecho un buen movimiento de marketing, poco más.
Leyendo con detenimiento la noticia había el anuncio de algo bueno. Las guerras entre estas poderosas transnacionales siempre pueden ocasionar alguna ventaja. En este caso, la comunidad OSM va a tener más datos de base sobre los cuales seguir avanzando es su labor, que cualquier ciudadano pueda acceder libremente a la cartografía más completa del planeta. Microsoft seguirá siendo Microsoft, Google seguirá siendo Google y el señor Steve Coast el señor que inició un proyecto que revolucionó el mundo de la cartografía.
¿Y el revuelo a qué se debe? ¿Qué importancia tiene una persona en un modelo como el de OSM? Más allá de lo morboso o amarillista del fichaje…ninguna.
Desde el mundo del conocimiento libre, ya sean datos o tecnología, hay un factor que deberíamos tener en cuenta y que sin duda es un indicativo de la buena marcha o planteamiento de un proyecto. Cuando veo el estado actual de OSM, adivino su comunidad formada por cientos y cientos de colaboradores y miles de usuarios, recibo una señal clara: OSM no depende de la participación de una persona en concreto. Su modelo es mucho mejor que eso. Está por encima de eso. Lo mejor que pudo hacer Steve Coast al iniciar OSM es crear algo que no dependiera de Steve Coast.
En el mundo de la informática, quizá más que en ningún otra área científica o tecnológica de este siglo, tendemos a crear mitos, a tener gurús, a asociar unos modelos a una u otra persona. Ya sea para amarlos o para odiarlos. Cuando Bill Gates o Steve Jobs mueven un dedo, los medios de comunicación corren prestos a hacerles una foto. De un modo más modesto, en cuanto a repercusión, tenemos en el lado libre a gente como Richard Stallman o Mark Shuttleworth. Y en la parcela en la que nos movemos, la geomática, tenemos también a personajes de aspecto entrañable como el señor Jack Dangermond, siempre sonriente (cualquiera no lo estaría con los millones que gasta alegremente el personal en licencias de ESRI).
Soy de la firme convicción que los amigos Bill o Steve son tan imprescindibles en Microsoft o Apple como el último becario. Son simplemente una parte más de la campaña de publicidad de esas megacorporaciones. Referentes que interesa que existan. Por muy sonrientes que salgan en las fotos, lo importante, lo que nos afecta, es su modelo basado en la especulación con el conocimiento. En la orilla libre la situación debería ser exactamente la misma. Y me alegraría si Richard o Mark fueran tan necesarios para el software libre como el último usuario que ha llegado a Linux. Hablamos de un modelo donde los derechos son patrimonio de todos. Los proyectos libres no deberían ser dependientes de una persona, pues eso es una clara debilidad, anti-natura en proyectos que basan su fortaleza en la comunidad. El culto a la persona, con más motivos, no debería tener cabida en proyectos de carácter colectivo; lo importante, siempre, el modelo.
OSM es un ejemplo de ello. Por eso, un minuto después de la marcha de Steve Coast, OSM seguía siendo igual de fuerte.









